Feliz Navidad 2018

En breve celebraremos el misterio de que todo un Dios se hace bebé para nuestra salvación, que viene como niño indefenso, signo de que, en parte, de nosotros depende poder disfrutarla.

En manos del hombre, de su madre y su padre estuvo el protegerle hasta su edad madura, de la misma forma hoy en tus manos está acoger, proteger y hacer crecer la fe en Jesús que transforma y salva.

Feliz Navidad os desea la Koinonía de Madrid

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La lámpara del cuerpo

 

Está escrito “La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras “Mateo 6, 22-23”.

 

Es la forma con la que vemos las cosas lo que nos dice cómo nos encontramos. No es la circunstancia, sino cómo la veo. Dos personas distintas ante una misma situación pueden verla y por lo tanto, vivirla de forma diferente. Nosotros mismos, a lo largo de nuestra vida, al cambiar nuestra forma de ver las cosas nos hemos enfrentado de forma diferente a los problemas, por ejemplo ante una dificultad en el trabajo o en una relación personal. Siendo quizás la situación la misma, pero nosotros hemos cambiado la forma de ver las cosas.

 

¿Dónde conseguir esa luz? Todos intentamos buscar luz que nos ayude a ver cuál es el camino correcto, pero no todas las luces son iguales. Sólo una es la que ilumina todo como debe. Ésa es la luz de Jesucristo, a través de sus enseñanzas, de su vida. Es la luz que nos envía a través del Espíritu Santo, persona de la Trinidad con la que nos podemos relacionar. Pídele a Dios la luz para que tu cuerpo entero tenga luz.

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La fuerza más grande

 

Dice en el Salmo 46, 2: “Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro”.

 

Así es, cuando damos permiso a que Dios actúe en nuestra vida es el refugio al que podemos acudir en los momentos difíciles. Es la fuerza, la mayor fuerza con  la que podemos contar cuando las nuestras se agotan. Dios es nuestra fortaleza, nuestro protector, nuestra guía.

 

Pero debemos de darle permiso a actuar en nuestra vida. Cierra tus ojos o levántalos al cielo, pero da permiso a Dios para entrar en tu vida. Pídele que te acompañe o mejor, pídele que te ayude a dejarte ser acompañado por Él. ¡Cuenta con la fuerza más grande!

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