Todo el que sigue a Cristo está llamado a ser sal y luz del mundo. Esto es que tiene una misión. Igual que la sal tiene la función de condimentar o conservar, si pierde esta función ya no sirve para nada.
La luz tiene también una misión, la de iluminar y brillar, por eso no tiene sentido esconderla o taparla. Así el seguidor de Cristo debe también iluminar y brillar, pero a Cristo. Cada discípulo debe ser reflejo de Cristo, reflejar a Cristo y si no lo hace es como la sal que se desvirtúa.
El mundo necesita de Cristo porque el mundo a veces se mueve en tinieblas. Cristo es luz del mundo. Luz que ilumina nuestras vidas, nuestras decisiones…
Ser discípulo es ser sal y luz del mundo.